martes, 21 de septiembre de 2010

Para conocernos un poco

(Continuación)

- Mi abuela era alta, garbosa, delgadita. Mi sonrisa apenas le alcanzaba a la altura de la cadera y siempre me miraba desde sus antiparras como diciendo: “Este chico es un demonio”. Sin embargo, yo siempre la miraba como un ser admirable, aunque no me gustaba ir a misa todos los Sábados. Mi casa quedaba lejos del pueblo y había que madrugar porque el cura se iba para otro pueblo a dar misa y a cuidar sus vacas. Quería mucho a mi abuelo, que se llamaba Valeriano, yo no sé si por el tiro de escopeta que le dieron en la batalla de Palonegro o porque de verdad se llamara así. A mi abuela le gustaba leerme todo lo que le convenía, claro. Y lo único que le convenida era la Biblia, las oraciones de los santos, etc. Tenía una oración para cada santo y también una oración para cualquier suceso. Por ejemplo, cuando llovía mucho leía la “Oración contra las Tormentas”. Pero un día cayó una tormenta tan violenta, que de nada valió la oración, ni las velas encendidas, ni las tres Avemarías, porque de todas maneras llovió a cántaros; cayó un rayo en un árbol cercano y del susto, mi abuela quedó muda; nunca más pudo hablar, creo que tampoco oía porque todo había que decírselo a gritos. Antes de que eso sucediera, mi madre Aurora la bañaba en el patio de la casa. Claro que mi abuela se ponía una paruma, que era algo así como un vestido largo y sobre el vestido la bañaba mi madre.
- ¿Era buena lectora la abuela?
- Mi abuela sabía leer y escribía, aunque nunca escribió un cuento sino cartas. Le escribía cartas a mi madre cuando ella estaba lejos. Recuerdo que sus cartas comenzaban siempre: “Tomo en mis manos la pluma y el papel para enviarte este saludo”... Hoy nadie escribe así. El día que murió, yo hice la primera comunión. Ella tenía como cien años porque ese día me dijo que sería muy bello vivir otros cien años. Lástima que no pudo hacerlo porque todavía estaría contándome todo lo que mi abuelo hizo en la guerra.
- ¿Cómo fue tu abuelo a la guerra?
- Mi abuelo fue llevado no por don Próspero Pinzón sino porque se fue detrás de un burrito que arriaron por delante, así como todo lo que encontraban a su paso. Allá estuvo mi abuelo dándose bala con los Liberares porque eran ateos y enseñaban a bailar y todo ese mundo de “corrupciones” del mundo moderno. Yo recuerdo todavía a mi abuela por todo lo buena que fue conmigo, porque hasta me regaló 10 centavos el día que me fugué de la casa y me fui a conocer el mar.
- ¿Qué te decía de la Guerra de los Mil Días?
- Mi abuela me decía tantas cosas de la Guerra de los Mil Días, que se echaba bendiciones a cada rato para poder dormir. Me decía por ejemplo, que el general Próspero Pinzón había salido de Bogotá arriando con todo lo que encontraba a su paso: bueyes, mulas, burros, hombres y mujeres, dejando a su paso mera desolación. Al llegar al campo de batalla, el general Uribe, debido a que estaba perdiendo la guerra, decidió disfrazar unos cardones de rojo en las montañas para que el general Próspero Pinzón se sintiera amilanado y echara para atrás la matanza, pero en vez de hacer eso siguió combatiendo con machetes, escopetas de fisto, algunos máuseres que le había quitado al enemigo, pero eran tantos los muertos, que cada vez que terminaba un combate les rociaban petróleo y comenzaban a quemarlos. Era tanta la humerada, el olor a mortecina, los muertos y los heridos que ni siquiera tenían tiempo de enterrar los muertos. Mi abuelo y mi abuela al ver tanta mortandad, a ver a tantas mujeres preñadas y sacudidas por la muerte, cogieron un burrito y se vinieron a pie desde Palonegro para el Cruce de los Vientos. A mi abuelo le habían dado un tiro y regresó muy mal herido y al poco tiempo se murió. Por eso cuando yo me sentaba con ella en un banco que había en el corredor, se ponía las antiparras después de limpiarlas con Puloil y comenzaba a leer sus oraciones, las que sabía de memoria y otras de su invención, y rogaba para que nunca hubiera más guerras, más dolor, más hambre. Sin embargo, nada de eso se ha acabado porque hasta hoy hay más muertos anónimos en los campos, más “falsos positivos”, más hambre y más dolor. Después de la muerte de mi abuelo, mi abuela Alba duró unos cuantos años más, unos años más porque quería saber qué iba a ocurrir en los próximos cien años. Por eso me pedía que estudiara para que no me fuera a quedar burro toda la vida y abusaran de mí en toda su dimensión. Yo sí aprendí a leer con mucha dificultad por falta de libros, y a escribir con la misma dificultad de quien tiene mucha memoria pero no tiene dónde hacerlo...
- ¿Cómo fue tu adolescencia?
- Mi adolescencia fue la de un muchacho que soñaba llegar a la otra orilla del mar... vivía estudiando bachillerato en Zipaquirá, en el Colegio Nacional. El hermano Pedro siempre me andaba persiguiendo porque yo no llevaba el misal, ni el saco del uniforme, ni el escapulario, ni recitaba oraciones como una lora en la capilla del colegio, ni era el más sapo, ni me metía con nadie... Por todas esas cosas, después de cultivar flores (gladiolos, azucenas, jacintos, dalias, amapolas, curubos, duraznos, rábanos, etc., hice lo posible por irme de la casa. Yo tendría 15 años, pero ya había leído toda la Biblia, El Quijote, La Romana, La divina comedia, La Odisea y una cantidad de libros que yo compraba en San Victorino cuando venía a Bogotá...
- ¿Siempre te inquietaron los libros?
- Siempre. Siempre me inquietaron los libros. Yo ahorraba para comprar libros porque en mi casa no había, además, literariamente mi familia era completamente analfabeta, pero yo salía a comprar libros, y cuando me fui de la casa, me llevé mis libros y conocí el mar y conocí Cartagena, la Escuela de Grumetes de Barranquilla. Estando un día por allí, después de prestar el servicio militar en la Marina de Guerra, me embarqué con Ariel Canzani en su barco. El tenía una revista llamada Cormorán y Delfín, que son animales del mar, un pájaro y el otro un pez. En la biblioteca del barco leí cantidad de libros de poesía, narrativa, ensayos y política como tú nunca te podrás imaginar. Yo no creo que en Colombia alguien haya leído tanto como yo “perdone la tristeza”... Mis conocimientos en libros y en ediciones me hicieron famoso de la noche a la mañana, porque cuando desembarqué, le dije al capitán que yo también iba a hacer una revista, no solo dedicada a la poesía sino también al cuento, al ensayo, a todo lo que tuviera que ver con la literatura. No me vine de inmediato para Bogota, sino que me quedé vendiendo libros en la Costa, desde el Cabo de La Vela hasta el Golfo de Urabá.
- ¿Tuviste alguna relación afectiva en aquel entonces?
- Viví con una turca que me incendió mi biblioteca, pero al mismo tiempo conocí a muchos escritores y pintores durante los años 60. Hablé, por ejemplo, con Álvaro Cepeda Samudio, con el Capitán Arturo Echeverri Mejía que fue novelista y navegante, con el filósofo Fernando González, con Alejandro Obregón, con Ciro Mendía, Luis Vidales, Gonzalo Arango y con X-504. También tuve la grata ocasión de hablar varias veces con Germán Vargas y con muchos más, tantas gentes que conocí que hasta pierdo la memoria de sus nombres; con todos ellos hice amistad, inclusive les vendía libros. A mí de todo ese grupo de “La Cueva”, el más bueno era Germán Vargas, que se pasaba de bonachón. Yo conozco muchos secretos de ellos, pero no quiero decirlos ahora porque son parte del sumario.
- ¿Y hay muchos secretos?
- Creo que todos los escritores tienen muchos, muchísimos secretos, pero no voy a entrar en esos detalles, son cosas póstumas, o mejor, son cosas que uno nunca debe decir de los colegas. ¿No te parece?...
- Sigamos con tu caminar y vayamos a Bogotá.
- Cuando volví a Bogotá en 1967, viví en la casa de Eduardo Mendoza, en un apartamento que me arrendó. Por allá, por los 70, yo escribía mucho en El Tiempo, en el suplemento dominical porque Eduardo Mendoza quería publicarme a cada rato, ya que él era el director de Lecturas Dominicales. En esos años también conocí más escritores, como Pedro Gómez Valderrama y Manuel Mejía Vallejo, Gustavo Álvarez Gardeazabal, y claro, a Orietta Lozano, a Soad, Raúl Gómez Jattin y a otro poco de gente. Por eso te digo que mi juventud fue maravillosa ¿Qué prefiero de mi juventud? Mi libertad de ser escritor. No lo digo por vanidad o para posar de gracioso, no. La vida es mil veces mejor, con todas sus desventajas, sobre todo las desventajas que yo he tenido, falta de dinero, de relaciones públicas, etc. Lo poco que he recibido de la elite intelectual no han sido más que migajas porque la mayoría son miserables, ni siquiera son escritores, sino realmente miserables. Tanta gente a la que yo le he publicado y he apoyado, y voy a pedirles apoyo para poder continuar en la brega, y lo único que dicen es: “Hombre, Milciades, tú ya lo hiciste todo, ¿para qué más? Lo que pasa es que sólo esperan que me calle pronto ¡y ya! Pero no les voy a dar ese gusto, porque como decía mi abuelita: “Ojalá cumpla otros cien años para saber cómo será el mundo”.
- Volvamos un poco atrás ¿Por qué no llevabas misal?
- Mejor te contaré algo diferente, posiblemente extraño: Mientras sembraba flores en mi casa para ganarme lo de los dulces de la semana, yo aprovechaba leer todo lo que cayera en mis manos. Y si no caía nada en mis manos, vendía litros de sangre para comprar libros. Es cierto. No te invento nada. Recuerdo que para comprar Una temporada en el infierno que vendían en la Buchholz por $16,50, bajé al hospital San José y vendí un litro de sangre por 50 pesos, que me sirvieron para comprar ese libro que tanto quería y otro de Raquel Jodorowsky; me quedó algo para el pasaje del bus, porque en ese tiempo yo no vivía en Bogotá sino en El Cruce de los Vientos, en Zipaquirá. Por eso te digo que en las horas de descanso, después de cultivar flores, yo leía de todo. Leí, como te dije antes, la Biblia entera, La Divina Comedia, La Guerra y la Paz, El Quijote y otros libros gordos, pero nunca en la vida se me ocurrió comprar un misal, pues me parecía que la monserga del sacerdote no alcanzaba a llegarle a los oídos de Dios. Por eso yo iba siempre a misa sin misal y allí, frente al altar, rezaba una oración de mi invención. Le pedía que se acordara de mí, que me diera alientos para vivir todos los años de la vida, que nunca me faltara amor, que la gente me quisiera como yo a ellos, y ante todo, que el cura Pedro no me sacara delante de todos los alumnos del colegio para mofarse de mí: “¿No tiene plata ni para comprarse un misal? ¿Cómo les parece?”. El pasaporte para llegar a Dios, según el Hermano Pedro, era el misal, que ellos mismos vendían. Para evitar tanta sátira, tanta mofa y tanto sarcasmo, no volví al Colegio Nacional La Salle, ni siquiera a pisar sus predios, por eso me fui a recorrer el mundo, a conocer puertos y ciudades fabulosas. Desde entonces he creído que mi vida ha sido un viaje.
- Ese colegio formó a muchos escritores hoy famosos.
- Sí. El colegio formó a muchos alumnos, y también a algunos poetas y escritores que salieron domesticados de sus aulas; yo los he visto hoy por ahí ocupando cargos en las oficinas del Ministerio de Cultura y posando de genios.
- ¿Cómo fue la aventura de vender libros en la Costa?
- Vender libros en la Costa fue una aventura y casi un riesgo, porque había que competir con el mar, los turistas, los políticos, los vagos, los analfabetas, y los que, para colmo de males, no sabían hacer nada. Bueno, pues sucede que al desembarcar, después de varios años de navegación y en compañía del Capitán Ariel Canzani, del que te conté arriba, que era un lobo de mar que dirigía la revista Cormorán y Delfín que imprimía en su barco, le prometí que yo iba a hacer en Colombia la mejor revista de literatura, sin - amiguismos sino abierta a todas las tendencias imperantes, y con un sugestivo titulo como es Puesto de Combate.
- ¿Cómo fue tu llegada a la casa de Eduardo Mendoza?
- Como yo había sido marinero de verdad y tenía que saber todo eso de electricidad y voltajes, un día que yo estaba en la casa de Jaime Jaramillo Escobar, por más señas mi compadre, pues es padrino del bautizo de Nicolás, mi hijo mayor, llegó Eduardo Mendoza buscando un electricista y Jaime le dijo que yo era el indicado. Debo aclararte antes que yo conocí a Jaime Jaramillo en la casa de Meira del Mar, en Barranquilla, y a Gonzalo Arango en Santa Marta; con ambos trabajé años después como corrector de la revista Nadaísmo 70, y en los libros que Jaime publicaba como la Antología de Ciro Mendía y el Libro de los Relatos de León de Greiff. Por eso, esa vez yo estaba con Jaime, haciendo correcciones a los textos de esos libros, que años después publicó el Banco de América Latina, entonces le dije a Eduardo que yo le servía de electricista y hasta le hice una conexión a su mujer. Ambos quedaron encantados con mi trabajo y yo me desdoblé y aproveché para decirle que yo venía escribiendo desde chico y Eduardo me pidió unos textos a El Tiempo. Y claro, los publicó.
- ¿Y ahí nació esa entrañable amistad?
- Si. Me dijo que me fuera a vivir a un apartamento que tenía en su casa. Y así fue, me fui a vivir en la casa de Eduardo, en la Calle del Volcán, frente a la Casa de Vargas Vila. En ese tiempo entonces conocí a Elisa Mujica, Pedro Medina Avendaño, Mario Rivero, que siempre fue envidioso conmigo. A cada rato me hacía fieros con su revista Golpe de Dados; lástima, fue muy envidioso conmigo y nunca supe la razón; a la hora de la verdad Golpe de Dados sólo la conocían unos cuantos poetas de Bogotá y yo, por el contrario, quería que mi revista la disfrutara y escribiera la gente de la provincia y que publicara gente desconocida. Por eso Puesto de Combate dio a conocer a tanta gente nueva, que aún hoy se mantiene en la palestra; Golpe de Dados nunca descubrió ningún poeta, todos estaban hechos, todos aparecían publicados allí cuando ya eran famosos. En todo caso Eduardo Mendoza me dio la bendición de escritor, aunque ya en el año 66 me la había dado don Guillermo Cano en El Espectador. Ellos siempre aceptaron mis textos, lo mismo Manuel Mejía Vallejo, quien escribió notas en Cromos y Gonzalo Arango, que siempre consideró que había en mí si no un gran poeta, sí un narrador. Cuando uno es joven, sueña demasiado.
- ¿Y qué viste en esa casa llena de libros y recuerdos?
- Cuando él se iba para Guateque o cuando lo nombraron Agregado en Washington, me dejaba su casa a mi cuidado y así pode enterarme de las primeras ediciones de La María, El Moro y todo lo demás.
- ¿Y qué pasó después en tu vida?
- Años más tarde, cuando yo trabajaba en un banco, él me nombró director de la revista Mosaico del Instituto de Cultura Hispánica. Muchos textos míos aparecieron en El Tiempo en la década del 70-80, y me los pagaba muy bien. Recuerdo que me daba 6 mil pesos, que era un jurgo de plata... Muchos años después, tristemente, estuve en su entierro. Su mujer vendió la biblioteca de Eduardo por miserables 18 millones de pesos a un señor muy rico. Ella no sabía nada de libros, pero era muy buena persona conmigo. Yo la nombro en uno de mis cuentos y digo que “Leíto salía a su patio de aromas a darle de comer polen a las mariposas del páramo o a orinar al pie del papayuelo o a colgar sus prendas de seda en los hilos de la tarde”....
- Bien. Regresemos a aquellos años mozos ¿Cómo fue el drama de vender tu sangre para comprar libros?
- Siempre viví el drama económico. A partir de que comenzaron a interesarme los libros, por allá en mi infancia empezó mi drama. En mi casa no había ni siquiera un libro, solo cuando fui a la escuela y la profe Adelfa me regaló un libro de la colección “Sembrador”, donde contaban una serie de historias de niños perdidos, perros, dramas pequeños y cotidianos pero que uno en su mente engrandecía, quiero decir, los volvía más trágicos. Por eso, tan pronto aprendí a leer me dio por averiguar si esas historias eran ciertas. Sí, eran ciertas porque otros escritores también las plasmaban en sus textos.
Naturalmente desde joven también fui muy aficionado a la poesía, plagiaba autores para enviarles poemas a mis novias y ellas los recibían como si verdaderamente yo los hubiera escrito, pero dentro de mí les daba las gracias a Julio Flórez, a Porfirio Barba Jacob, a los poetas del romancero español y a otros muchos, pues gracias a sus versos yo me conseguía novias y esa era una gracia muy bien calificada por entonces. No digo ahora porque hay tantos poetas que cuando uno va caminando, le da una patada a una piedra y salta un poeta.
- ¿Hay una buena oferta de libros de poesía?
- Hay muchos libros de poesía, pero de verdadera mala poesía. Por eso para mí elegí desde joven a varios de los mejores poetas que había en el escenario, como por ejemplo Rimbaud. Cuando marinero, bien me habría podido quedar siendo eso, quedarme en los puertos, ir a donde las putas, emborracharme... Pero yo siempre hice lo contrario, bajaba a los puertos, compraba libros y en vez de salir me quedaba leyendo, leyendo. Fueron infinitos los libros que leí y que sigo leyendo. A veces, cuando vienen poetas y escritores novatos a mi casa, les pregunto qué han leído. Si veo que sus lecturas son muy superficiales, les regalo un libro de los mucho que tengo. Siempre les he regalado libros, y podría decir, de excelentes autores. No me importa el precio que tengan, lo que quiero es que lean tanto o más como lo hice yo.
- ¿Y eso haces en la Feria del Libro?

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